El muro y la ventana: lecturas de verano y de vacaciones

Leo algunos artículos periodísticos acerca de los libros y las lecturas de verano. Son muy parecidos a los que leí el año pasado por estas fechas; y el anterior. Se han terminado por convertir en un género, en un tópico y en un clásico. Hay una tesis en lo que casi todos los artículos coinciden: el verano es ideal para leer libros voluminosos, esos que “no hemos tenido tiempo de leer durante el resto del año”. Pongo cara de asombro y pienso, sin temor a equivocarme, que estos artículos están escritos por y para gente que “normalmente” no lee.

  Personalmente, prefiero el otoño y el invierno para leer novelas decimonónicas de mil páginas, y el verano lo dejo para lecturas de lomo más fino, lo que no quiere decir que su contenido lo sea también. Llega la estación de las hojas doradas y de los primeros fríos y apetece prepararse un té bien calentito y agarrarse, como un náufrago a un tronco en alta mar, a un libro de Dickens o de Víctor Hugo o de Walter Scott; o uno de Galdós, por jugar en terreno patrio. Para los días calurosos parece que sienta mejor una aventura de Stevenson, de Verne o de Jack London. En estas semanas de verano, por ejemplo, paso, con la misma facilidad con la que saltamos de estación en estación, de un libro de poemas de José Carlos Llop a uno de relatos de José Jiménez Lozano, y de ahí a las cartas de Hermann Hesse. Tengo, por tanto, el Mediterráneo, Ávila y Centroeuropa al alcance de la mano y sin salir apenas del balcón de casa. Y, lo que en estos días es más importante, sin gastar ni un litro de gasolina.

 Dentro de los artículos sobre las lecturas veraniegas, se debería distinguir también entre la palabra “verano” y la palabra “vacaciones”, que no son sinónimos, ni mucho menos, aunque para algunos sí lo sean. Las dos palabras comienzan por V, y ahí acaban todos sus parecidos. Por tanto, también podríamos distinguir entre “lecturas de verano” y “lecturas de vacaciones”. Las primeras las hacemos con la misma costumbre y hábito que en el resto de estaciones; las segundas, las que hacemos cuando ya estamos de vacaciones, son más intensas y productivas, ya que disponemos de más horas libres para poder dedicarlas a nuestras aficiones.

 Lo maravilloso de todo esto es que no hay ninguna norma que debamos seguir. Lo bueno de la pasión por leer es que cada uno puede (y debe) marcarse sus propias pautas. Si les apetece un buen novelón, adelante; si prefieren un pequeño libro de versos, perfecto; si lo que realmente les haría feliz es un ensayo o una biografía o un libro de recetas de cocina mediterránea, adelante. Tengo la sensación de que cualquier libro será bueno para soportar este verano, sus altas temperaturas, sus incendios, sus políticos oportunistas, sus guerras y sus repuntes pandémicos; cualquiera de ellos será un buen muro en el que protegernos y una buena ventana por la que salir volando.

            Marco Antonio Torres Mazón