Cuaderno de primavera VII: A de Amelia…y de alegría

Arbol y pajaros sobre el cielo durante el amanecer o atardecer

Días de mucha luz y mucha claridad; cielos completamente limpios, sin una sola nube que manche el azul. Dos vencejos rompen la monótona belleza.

En 1989 Televisión Española emitió un programa que se llamaba “Un cesto lleno de libros”. Duraba una media hora y estaba dedicado a la literatura infantil y juvenil. Lo presentaba el actor Enrique Simón. Yo tenía entonces 12 años y ya intentaba construir mi propia zona de libros en casa, en mi habitación. Primero fue una pequeña balda con algunos libros que mi hermano Miguel me dio (Gracias hermano por esa primera y crucial aportación), como En las fronteras del Far West, de Emilio Salgari o una versión abreviada de Mujercitas, de Louisa May Alcott. Luego logré conquistar una segunda balda, también pequeña, y ya procedí a repoblarla con mis propias adquisiciones, como Escuela de robinsones, de Julio Verne o libros de “Elige tu propia aventura”, en los que debías pasar a una determinada página en función de lo que querías que le sucediera al protagonista. También con libros de la colección roja de “Barco de vapor”, como el maravilloso El Rey de Katoren, de Jan Terlouw. El programa “Un cesto lleno de libros” me ayudó también a ir seleccionando las que serían mis futuras lecturas. Qué recuerdos…en este 23 de abril.

Mientras esperamos en el coche, dos mirlos juguetean sobre el muro del solar de enfrente. Y el mundo parece gravitar con una gracia especial, serena y auténtica.

Me gustan mucho los escritores que van a lo suyo, que siguen la línea que ellos mismos marcan, al margen del turbión de modas y otras presiones sociales; de hecho, es como si salieran de la sociedad o como si ellos fundaran una sociedad al margen, compuesta exclusivamente por ellos mismos. Hablo, por supuesto, de San Juan de la Cruz, hablo de Unamuno, de Emily Dickinson, de Hermann Hesse, de José Jiménez Lozano. Es muy difícil hacer eso. Y no sólo en la literatura.

Domingo. Comunión de mi ahijada Amelia. Todavía recuerdo el feliz momento en el que sus padres me comunicaron que sería su padrino, en una ya lejana Nochebuena en la que recibí el mayor de los regalos. Durante la ceremonia, bajo la atenta mirada de Ella, de Nuestra Señora de la Esperanza, Amelia nos sonríe desde el altar. Es el ejemplo vivo de la felicidad. Luego todo sucede de repente, como la mayoría de las cosas verdaderamente importantes de la vida. Besos y abrazos a la salida del templo. Es hora de celebrarlo; hora de compartir esa alegría interna que todos llevamos. Hablar con mis viejos amigos, con esos con los que no importa el tiempo transcurrido entre una y otra conversación, porque su presencia renace a cada instante, como el agua clara de un riachuelo. El atardecer nos encuentra y lo hace con sus mejores galas. Alejados de la ciudad, protegidos por la primavera campestre y por las aves que dibujan trazos en el azul. Una estampa bíblica para un domingo que hemos vivido llenos de esperanza y de gratitud.

Marco Antonio Torres Mazón

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