Aprender a poner en Sus manos todo lo que ya no depende de mí. Aprender, por tanto, a discernir el momento en el que ya no están las cosas bajo mi control.
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Llama mi madre a E. por teléfono y comienza a relatarle cómo conoció a mi padre, en un lejano día de la víspera de la festividad de la Virgen del Carmen. Al día siguiente fueron juntos a la procesión y mi padre le regaló un farolillo de los que, en la embarcación, iluminaban el rostro de Nuestra Señora. E. escucha con atención todo lo que le cuenta su abuela. Yo, que ya he oído otras veces ese relato, la miro y sonrío. Es bonito lo que le ha contado y cómo se lo ha contado. Sí, mi madre acaba de hacerle un gran regalo a su nieta: una historia que recordará siempre. Y que siempre recordará cómo se la contó su abuela.
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Thelonious Monk y John Coltrane me alegran la mañana. El día ya arranca con ellos como con dos viejos amigos con los que tomas café y charlas un rato.
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Miércoles de Ceniza. El poema de T. S. Eliot y el recordatorio de que no somos nada y, a pesar de todo, merecemos que nos amen… merecemos ser salvados… merecemos la Gracia.
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Para este tiempo de Cuaresma que arrancamos preparo algunas lecturas. Una de ellas va a ser el libro No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (Siglos XVI y XVII), de Ramón Andrés. Un libro que se abre con una extensa y profunda introducción que lleva por título “De los modos de decir en silencio”. Un volumen perfecto para caminar y reflexionar; para intentar, al menos, vivir todo este momento de la mejor manera posible. Y el silencio es muy necesario para poder escuchar. “Elige callar tú y hablará Dios o hablar tú para que Él calle. Debes hacer silencio”, escribió Johannes Tauler en el siglo XIV. No he leído esta semana una frase de más actualidad.
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Una terraza, un café y el sol de finales de febrero que parece que nos acaricia. La voz de Leonard Cohen me llega a través del auricular, susurrando los versos de una de sus más memorables canciones. Intento apuntar todo esto en el cuaderno como si quisiera así atraparlo y que no desaparezca. Pero desaparece. La mañana avanza, el café se enfría y la canción termina. Pero hemos vivido ese momento y ese momento ya vive dentro de nosotros. Mañana volverá el sol. Olerás un nuevo café. Y Leonard Cohen volverá a sonar en tu auricular. O Dylan. O una cantata de Bach. Por eso hay tanto por lo que estar agradecido. Y por eso, también, vuelvo una y otra vez a este cuaderno.
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Me manda mi hermana N. una foto de la exposición de la Cofradía de san Juan Evangelista. Encuentro de Domingo de Pascua, hace muchos años. En el balcón de mi tía Bienvenida, apoyados a la espera del (esperanzado) momento, mi padre, mi madre, mi hermano pequeño y yo. Un extraño (de extrañar) viaje al pasado. Ver a mi padre, el gesto en su rostro…un pequeño milagro de una Pascua anticipada.
Marco Antonio Torres Mazón

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