Cuaderno de verano VII: Desde el balcón

Cuaderno de verano VII: Desde el balcón

Cae la tarde del domingo desde el balcón, lenta y azulada. Incluso, por momentos, silenciosa.

Costumbres #3: Leer algún libro de José Carlos Llop en verano. Imagino que, como todo hábito, comenzó por azar. Un verano leí un libro de este autor mallorquín; al verano siguiente lo mismo. Y así, poco a poco, convertí el verano en ese momento en el que leo algún libro suyo. En este caso se trata de un volumen con cuatro pequeñas novelas agrupadas bajo el título de Cuarteto de la memoria. El Mediterráneo palpita en cada página de José Carlos Llop y por eso, creo, siempre hay alguno de sus libros acompañando mis veranos.

Llamo a mi madre, como cada tarde, para ver qué tal está. Después de las preguntas y respuestas protocolarias, me dice que en un rato se va a ir a misa. Teniendo en cuenta que apenas sale…doble alegría.

Desde el balcón, al caer la noche, se ve a lo lejos la luz de un faro. Su parpadeo trae el sabor salado del mar y el de mi infancia cuando, desde otro balcón, también al caer la noche, la luz de otro faro me alegraba con su compañía y despertaba mi imaginación.

Comprar un nuevo cuaderno de notas es una promesa de felicidad futura. Sus páginas blancas son capaces de contener todo un mundo.

Nunca dejamos de aprender. Otra cosa es qué hacemos con esa enseñanza. 

Intentar distinguir, al amanecer, los sonidos artificiales (coches que pasan, motos que aceleran, persianas que se levantan) de los naturales (dos personas que hablan en la calle, los pájaros en el cielo,) puede ser un buen ejercicio para comenzar el día.

Las imágenes del Tour de Francia en televisión me recuerdan que, efectivamente, es verano. Ya sólo falta un capítulo de Curro Jiménez o de Verano Azul y el viaje a la infancia está asegurado. 

E. se hace mayor a pasos agigantados. Es como si alguien hubiera acelerado la velocidad del vivir sin pedirme permiso. 

El ataque por parte de Israel a la única iglesia católica de Gaza tiene algo de simbólico, desde luego. Más allá de las explicaciones o excusas o razones que traten de esgrimir los diferentes líderes de uno y otro bando, lo que está claro es que hay algo que nos interpela (o debería hacerlo) a todos. Las puertas de una iglesia católica son la entrada a un lugar donde la muerte ya no tiene poder, pues ha sido vencida, derrotada. Es la vida lo que late entre los muros de esa iglesia. Y es la vida lo que los señores de la guerra quieren destruir a toda costa. 

Hay días que son perfectos para quedarse atrapados en ellos; para vivir en su interior una y otra vez. Debemos agradecer esos días y disfrutarlos como merecen, pues en ese agradecimiento está la semilla plantada para otros días similares. 

Marco Antonio Torres Mazón

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