Cuaderno de verano XI: Días de descanso

Cuaderno de verano XI: Días de descanso

Todo materialismo es una esclavitud. Por eso nos quieren materialistas; por eso temen lo espiritual.

Costumbres #6: pensar y repensar qué libro o libros llevar cuando salgo de viaje en vacaciones.

De pequeño quería escribir una historia sobre piratas del Mediterráneo y otra sobre arponeros y cazadores de ballenas. También me gustaban las historias de exploradores. Las lecturas de Emilio Salgari, Julio Verne, Melville (adaptado, claro) y Stevenson poblaban mi imaginación y mis tardes, sobre todo en verano. Esas largas horas de siesta, tan calurosas como silenciosas, obligaban a hacer algo sin hacer ruido. Yo no quería dormir. Por eso leía. Agradezco a mi falta de sueño y a la norma estricta de la siesta mi afición lectora. Fue, además, el momento en el que tomé conciencia de que quería tener mis propios libros y mi propia zona en mi habitación con mi pequeña biblioteca. Una primera balda, junto a mi cama, que fui llenando con los volúmenes que compraba con el dinero de los domingos o me regalaban por mi santo o cumpleaños. Recuerdo que me gustaba observar los libros, no sólo leerlos. Ver cómo crecía y tomaba forma mi incipiente biblioteca y pasar el dedo por el lomo de los primeros volúmenes atesorados. 

Vacaciones. Como siempre, desde que E. era muy pequeña, nos vamos unos días a la zona de Mojácar. Es un sitio que hemos convertido con el pasar de los años en un pequeño territorio familiar y una suerte de refugio contra las inclemencias de la cotidianidad. 

Traigo, para pasar este tiempo de descanso, el libro de memorias de José María Álvarez, Al sur de Macao, que comienzo a leer en la tumbona, con las manos pringosas de protección solar y el sonido de los niños bañándose en las piscinas infantiles. El libro comienza, además, en esa etapa de la infancia del poeta cartagenero. Justo enfrente de donde yo estoy, una palmera parece acariciar el cielo con dulce parsimonia. 

Sí, ya estamos de vacaciones. 

Cuando estamos de vacaciones nos damos cuenta del peso real de nuestras obligaciones diarias. 

La importancia del descanso, del no hacer nada, de parar. 

En algunos momentos, cerrar los ojos y no hacer nada puede ser un gran gesto revolucionario.

Al regresar de Mojácar hacemos un alto en el camino para comer con mi hermana G. en su restaurante de la Manga. Ella sabe cuánto la quiero, pero no sé si sabe cuánto la admiro. Por cercanía de edad tenemos, ella y yo, todo un mundo de recuerdos compartidos. En las familias con muchos hermanos suele suceder que los más cercanos en edad tienen unas afinidades mayores. Al darle un abrazo, después de mucho sin vernos, me lleno de nuevo, como un coche que repostara gasolina después de una larga travesía. Y la comida que sale de sus manos es también un regalo, como su abrazo, como su presencia, como los recuerdos de nuestra infancia que pueblan mi memoria.

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