Cuaderno de primavera II: En la noche oscura

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“Pero has llegado Tú, y aunque es primavera he de

cerrar los ojos”. 

Pablo García Baena, Ceniza

Últimamente leo muchos libros pequeños. Trato de adaptar la lectura a la falta de espacio en casa. 

Christian Bobin falleció el 22 de noviembre de 2022, justo 10 años y un día después que mi padre. Leo en El amor a los fantasmas: “El amor salva lo que ve. No hay ninguna diferencia entre ver y escribir” (Traducción de Luisa Etxenike).

Día del padre. Visita al cementerio. Pasear entre las tumbas nunca te ha dado miedo, sino una rara tranquilidad. Incluso cuando eras pequeño y lo visitabas con tus padres y hermanos te quedabas embobado escuchando las historias que tu madre iba narrando sobre cada una de las fotografías que te miraban desde el mármol. La suave arboleda anima tus ganas de caminar. Visitas las lápidas de tus abuelos, de tu padrino, de tu padre. Luego, para comer, al restaurante de tu hermana G. en la Manga. Una velada estupenda, tranquila, familiar; con M. y P. y tus sobrinos. El camino de regreso, conduciendo con el sol de la tarde acariciando tu rostro, A. dormida a tu lado y E. tu querida E., a la que puedes ver por el retrovisor ojear el teléfono y sonreír con sus trece años primorosos. Suena Sufjan Stevens y solo puedes dar gracias por un día como el que ya se escapa por la línea del horizonte. 

Leyendo los diarios de Sandor Marai me encuentro con esta frase: “En el océano se encuentra todo, hasta la patria” (Traducción de Eva Cserhati y A.M. Fuentes Gaviño).

Qué útil es el silencio en muchas ocasiones. Qué capacidad tiene para construir, para encontrar “modos de decir”. Elegir bien las palabras que utilizamos, comenzando por nosotros mismos, por nuestros pensamientos, por esa conversación interior constante. Luego, claro, para los demás.

En el Vía Crucis de la Junta Mayor de Cofradías, con el Cristo Crucificado. Viernes de frio y humedad y mucho viento. Recuerdo cuando venía con mi madre, que ahora me saluda desde el balcón de casa al vernos pasar mientras seguimos con el rezo. Ahora voy yo con mi hija. Mi hermano M. cantando en el coro las hermosas estaciones de la obra de Ricardo Lafuente. Es entonces cuando aparece, como un copo de nieve, fugaz y delicado, el recuerdo de Javier Torregrosa. En estas fechas ponía en el despacho, donde los dos pasamos muchas horas durante muchos años, la histórica grabación del Viernes Santo de 1982 en la iglesia de la Inmaculada. El recuerdo me pone triste al principio pero, apenas unos segundos después, un sentimiento de gratitud se apodera de mí. Qué suerte haberte conocido, amigo. Qué inmensa suerte poder recordarte en esta noche oscura, fría y húmeda, en la que Él vuelve a vivir todo su sufrimiento camino del Calvario. Sigue soplando, con mucha fuerza, el viento.

Marco Antonio Torres Mazón

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