Dos mil veintidós

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Dos mil veintidós

“Enero es bellísimo. Va abriendo día a día, surco a surco, secretos al campo”. (Las cosas del campo, José Antonio Muñoz Rojas, edit. Pre textos, pág. 99).

Marco Antonio Torres Mazón

La cuesta de enero cuesta más con los numerosos contagios que esta sexta ola está provocando. Comenzar el año así es hacerlo con miedo y con tristeza, con mucha cautela, pero también con mucha esperanza, a tenor de lo que comentan los virólogos y especialistas en la materia (no los opinadores, no los políticos ni sus esbirros iletrados). La última variante del virus puede tener la clave del fin de la pandemia. Cruzaremos los dedos. Llegará un momento en el que esto también pasará; siempre ha sido así. El tiempo juega a nuestro favor. Y nuestra paciencia.

 A un momento de suprema felicidad (el de montar el belén y el árbol y decorar toda la casa) le sigue un momento de suprema melancolía (el de quitar el belén y el árbol y demás adornos de casa); queda, en medio de todo esto, lo importante: la vivencia interior que debe ser el termómetro que mida la intensidad con la que debemos vivir todo el año hasta llegar, de nuevo, a tan señaladas fechas. Recuerdo que, cuando era pequeño, me daba una pereza enorme ponerme a quitar todos los adornos navideños. Pensándolo después me he dado cuenta de que quizá no era pereza. A lo mejor era melancolía y tristeza y pena al contemplar cómo pasa el tiempo de rápido. Un día te dan las vacaciones del colegio (con el boletín de notas incluido) y otro día estás metiendo las figuritas del belén en su caja y tratando de evitar que las luces del árbol se hagan un nudo imposible de deshacer. Lo que pasa es que yo no sabía ponerle nombre a ese sentimiento y, además, no había dado el tópico del tempus fugit. Le faltaban palabras a mi mundo. Pronto llegarían.

 Y otra vez comenzamos nuevo año y otra vez nos hacemos los propósitos que deseamos poner en práctica. A medida que uno cumple años se va dando cuenta, no obstante, de que lo importante no es que esos propósitos que nos hacemos a principios de año se cumplan, sino el hecho de que, al hacerlo, nos analizamos y nos damos cuenta de todo lo que podemos mejorar todavía, poniendo nuestras esperanzas en ello. Nos pasamos revista a nosotros mismos; nos ponemos delante del espejo.

 Dos mil veintidós tan solo da sus primeros pasos. El frío y los cielos invernales serán nuestro paisaje durante estos meses. Las ramas desnudas de los árboles y las tardes con prontas anochecidas serán nuestro decorado, nuestro escenario. Todo el fuego interior que podamos atesorar será necesario para calentar nuestra alma, a la espera de una primavera que, aunque lejana, sabemos latente en cuanto nos rodea.