Salgo a caminar un rato y tengo la necesidad de escuchar algo de Bill Evans. Es uno de mis pianistas favoritos. Incluso le dediqué unos versos hace ya mucho tiempo, que deben estar por ahí perdidos en alguno de mis cuadernos. Tiempo atrás solía escuchar bastante jazz. Tenía, de hecho, una buena selección de discos. Pero la vida a veces nos lleva por otros derroteros y vamos atracando en distintos puertos y ahora, justo ahora, me apetece acompasar mis pasos al ritmo de Evans y de Stan Getz. Y la sensación es que en realidad nunca me había alejado demasiado de estos sonidos tan familiares.
Unos días después me regalan por mi cumpleaños un libro de mi admirado Christian Bobin. Leyendo el libro, titulado La gran vida, veo que Bobin comienza a hablar de Thelonious Monk, otro de los grandes. A veces los días parecen escritos para que todo cuadre.
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Qué largas se hacen las noches en las que cuidas o estás pendiente de alguien, normalmente un bebé o una persona mayor y que requiere de una cierta vigilancia. Ese estar en vela, esa guardia nocturna, ese dormir, pero no dormir del todo. Los sofás, las mecedoras, las camas que no son a las que uno está habituado. Y la tensión por detectar si alguien nos necesita, nos llama requiriéndonos. La espera…
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Con más de 80 años escribió Harold Bloom su ensayo sobre Falstaff. Releerlo ahora es emocionante, por el grado de identificación entre autor y personaje. Es uno de sus textos más sinceros, desde luego.
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Encontrar a una vieja amiga en una librería. Es un escenario perfecto para hablar con ella un rato. El tiempo que pasamos charlando de nuestras cosas salva el día y hace que hasta me olvide del frío que hace fuera.
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No tener miedo a que las cosas puedan salir mal.
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El mismo día de Navidad escribo un poema de una profunda y serena tristeza. Es como un copo de nieve. Lo guardo en un lugar escondido…hondo…
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Días de frío y lluvia para terminar el año, para dar músculo a este invierno que ahora comienza a caminar.
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Cuando un hijo pierde a su padre se convierte automáticamente en Telémaco hasta el día lejano en que vuelva a encontrarse con él.
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La última película que veo antes de terminar el año es un western de Anthony Mann, El hombre del oeste (1958), con un magnífico Gary Cooper.
La primera película que veo al comenzar el nuevo año es otro western: Los tres padrinos (1948), de John Ford. Una película que me emociona cada vez que la vuelvo a ver, siempre por estas fechas cercanas a la Epifanía.
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Comienza el año de la misma manera que comenzó el año pasado: A. y yo salimos a caminar temprano, roto el frio amanecer por una luz suave y serena sobre el mar. Una puerta que se cierra y una puerta que se abre. Ahora sí podemos decir que comienza realmente el invierno. Que la vieja estrella nos ilumine y nos sirva de guía.

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