Llega el frio, al fin. Ya es plena la estación deseada. ¿Y cómo si hace frio y tus alergias se agravan y tu piel se resiente y anochece tan pronto te gusta tanto esta estación? Pues porque es la estación de releer a Virgilio y a Shakespeare y a Dickens, de comer manzanas Fuji y calabazas, de sentir que el sol en el rostro nos acaricia y no nos golpea, como en verano. Es la estación para escuchar a Händel, a Bach y a Telemann. Decía José Luis Garci que el Adviento y la Navidad son la Quinta Estación, a caballo como están del final de otoño y del inicio del invierno. Una estación con sus propias leyes y sus propias luces.
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Darle un abrazo a alguien cuando lo necesita. O enviar un mensaje con las palabras justas: un “estoy aquí” …un “te quiero” …un “lo siento”. Es tanto en tan poco.
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Un año más el encendido de las luces de Navidad en la ciudad. Falta una semana para el inicio del Adviento. Desde luego, si el problema para algunos es lo pronto que se encienden, basta mirar la fachada de la Iglesia, toda iluminada al mismo compás que el resto de calles y plazas. En fin. Yo ya lo he dicho algunas veces, también por aquí: están los adornos exteriores y los adornos interiores. Ambos son necesarios. Ambos, además, se retroalimentan. Necesitamos de los adornos exteriores para crear el ambiente propicio para adornar nuestro interior. Y debemos adornar nuestro interior para lo que tiene que suceder, para lo que de verdad tendremos que celebrar: la verdadera Luz.
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Buscas por internet imágenes de viejas postales navideñas, con esas ilustraciones que te llevan a recordar tu infancia. Postales navideñas, ¿qué sentido tendría eso ahora? Apenas miramos los buzones. Todo se envía y se recibe por teléfono. En los días de Adviento recuerdo cuando mi padre abría el buzón y en su interior había un sobre con una postal navideña. La emoción de ver la ilustración (y de querer vivir en su interior, como pasa con algunos cuadros) y leer las cuatro líneas y quién las enviaba. Entonces la postal se ponía bien en el árbol o bien junto al belén. Un recordatorio de que alguien se había tomado la molestia de comprar una postal, escribir unas líneas, meterlo en un sobre y enviarlo por correo. El tiempo dedicado a uno era el verdadero regalo.
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Confirmaciones en la Parroquia de san Pedro y san Pablo. Último domingo del tiempo ordinario, festividad de Cristo Rey. Un pequeño grupo al que A. y yo hemos dado catequesis durante el último año; adultos todos ellos, con sus historias y sus realidades, que han sabido poner en el centro de todo lo realmente importante. Celebración sencilla y en familia. Ya no sé los grupos que he preparado para recibir la Confirmación a lo largo de mi vida. Cuando comienza la ceremonia, digo para mis adentros: “Aquí están, Señor”. Y ya me quedo más tranquilo.

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