Cuaderno de primavera IV: En la arboleda del recuerdo

Una taza con diseño de un paisaje rural con casas, cercas y árboles

Lunes Santo. Llevo algunos días releyendo a Pascal, Los Pensamientos, en la edición de Gabriel Albiac. Es una buena lectura para cualquier momento, pero es una lectura perfecta para estos días santos. Te sitúa y no deja que te marches a ningún otro lado. Te centra. Hay en él, además, la extrañeza de estar ante un no-libro, un futuro libro que nunca llegó a existir como tal; una apología del cristianismo de la que sólo conocemos el esbozo, las notas, las frases y reflexiones que Pascal iba anotando para elaborar el volumen que nunca pudo componer.

Martes Santo. Al paso del Señor de la Salud, el recordatorio y agradecimiento de poder seguir teniendo fuerzas para llevar nuestra cruz.

Miércoles Santo. Cuando la esperanza nos sale al encuentro. Termino de leer un pequeño libro de título significativo: Dostoyevski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar, de László F. Földényi. Es un texto de apenas 70 páginas, pero lleno de aciertos en su análisis de la situación que estamos viviendo ahora, en este mundo “civilizado” y “racional”.

Por la noche, los nervios previos a la procesión… 41 años después. El capirote como una pequeña capilla en la que ir encontrando el silencio necesario.

Jueves Santo. Silencio. Más silencio. Calvario y descendimiento. Emoción interior en el primer día del Triduo Pascual.

Es, en cierto modo, la noche más larga de todos los tiempos, en la que todavía estamos viviendo. Como esa anotación de Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante ese tiempo”.

Viernes Santo. Oficios. Adorar la Cruz para recordar que, tras ella, está el sepulcro vacío. Pero ahora no. Ahora sólo hay oscuridad. Y en esa oscuridad es donde debe brillar la débil llama de la Esperanza.

Sábado Santo. Mañana de silencio y oración. Oficio de tinieblas con la Cofradía del Santo Sepulcro, donde tan buenos amigos tengo. Me han hecho el enorme regalo de pedirme hacer una de las lecturas. Un momento precioso de una profundidad que deja huella.

Noche. Luz y Gloria. Luz, ahora sí, de Triunfo. Como esa parte del Pregón

Pascual:

“Esta es la noche en que,

rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

¿De qué nos serviría haber nacido

si no hubiéramos sido rescatados?”

Domingo de Pascua. Nunca la luz del amanecer es tan pura como en esta mañana. Emoción por ver a mi querido amigo Aurelio retirar la mantilla de luto de nuestra Patrona, la Purísima, en la procesión del Encuentro.

De la antigua casa de campo a la que íbamos a pasar los días de Pascua, cuando la primavera doraba con su luz la hoja de los limoneros y los naranjos, conservo en casa un viejo perchero, dos tazas y un cenicero de la enciclopedia Monitor. Del perchero y del cenicero ya hablé en su día, creo recordar, pero no así de las tazas. Hay en ellas dibujadas una casa y una arboleda. Y el hecho de que esas tazas, con esas casas y esos árboles dibujados, estuvieran en una casa de campo donde también los árboles dibujaban el paisaje es algo que me gusta. Los fines de semana me hago el té en ellas mientras escribo y pienso en esos días de Pascua, en la antigua casa de campo, y en lo lejano que parece todo ahora.

Marco Antonio Torres Mazón

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