Cuaderno de primavera VI: Una suave brisa

Cuaderno de primavera VI: Una suave brisa

Voy leyendo estos días los diarios de José Antonio Muñoz Rojas, que llevan por título Dejado ir (Estancias y viajes). Y tengo que decir que me gustan más las “estancias” que los “viajes”. En las estancias encuentro al autor de ese libro tan especial que es Las cosas del campo. Se trata de anotaciones desde la cotidianidad de la naturaleza, la lectura atenta de los clásicos (mucha literatura inglesa) o reflexiones sobre determinados pesares interiores, como el paso del tiempo y la llegada de la vejez o el propio sentido de la escritura. Un libro en el que encuentro el ánimo de la primavera en estos días de Pascua.

Últimamente me desvelo y me levanto muy temprano, cansado de estar dando vuelas en la cama. Sin hacer ruido (o haciendo el menor posible) voy a la cocina, enciendo la luz, preparo un café. Mientras bebo pequeños sorbos leo una breve antología de poemas de Emily Dickinson que me compré en Granada. El café y la lectura anuncian la amanecida. La luz de los primeros rayos de sol entra por la ventana.

Querer a alguien (familia o amigo, es igual) es también decírselo, hacérselo saber; que le llegue, en forma de regalo, la frase “te quiero”.

Hay momentos en los que no nos queda otra que dejar que los acontecimientos sigan su curso, sabedores de que todo nuestro esfuerzo por pretender encauzar ciertas cosas o determinados asuntos es en vano. Que la vida fluya, que las aguas del río continúen su curso presuroso hacia al mar. Allí, si Dios quiere, nos veremos.

Concierto de Quique González en Murcia. A. y yo lo hemos visto ya tres veces, cada una en momentos distintos de nuestra vida. Tarde de hablar y compartir; de celebrar. A la salida del teatro nos encontramos, como en una película de Woody Allen, con A. y con V; saludos y abrazos. Y la bendición de saber que la vida siempre termina haciéndonos inesperados regalos.

Mi buen amigo R. me hace una entrevista en Televisión Torrevieja para hablar de Luz de Esperanza y Triunfo. Su amistad es una herencia de mi padre y ha ido creciendo con el paso de los años, algo que agradezco profundamente.

Y llega la tarde de la presentación del libro. Qué suerte tengo de tener tan buenos amigos; A., que pone música al acto, P., que lo presenta con sentidas palabras de quien me conoce mucho; A., mi querida presidenta, a quien tanto quiero. Mi familia, mis tías, mi hermano cantando con el coro, mi hermana N. junto a mi madre. Ana y Esperanza… Cuando me toca hablar, noto que estoy más nervioso de lo que pensaba, pero me voy relajando a medida que las palabras (siempre las palabras) salen de mi boca. Mi mala letra lucha con los buenos deseos que intento plasmar en las dedicatorias que, tras la presentación, me piden algunos de los asistentes. Es un día que no olvidaré nunca. Una suave brisa hace que una puerta situada al fondo de la sala se cierre de forma delicada pero firme, como un suspiro que llegara de un lugar muy lejano.

Marco Antonio Torres Mazón

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