Cuaderno de primavera VIII: Un puente y una estrella

Cuaderno de primavera VIII: Un puente y una estrella

Leo el libro sobre San Juan de la Cruz, de Crisógono de Jesús, quien murió con tan solo 41 años. Carmelita descalzo, filósofo y teólogo, autor de estudios sobre místicos del Carmelo. Escrito con un gran sentido del lenguaje, el libro recoge una semblanza del poeta carmelita y de su obra, tanto como escritor como de su labor de reformador. No me extraña que fuera muy del gusto de Unamuno.

Días de apatía, de cansancio generalizado. Imagino que será eso que llaman “astenia primaveral”.

Cuando regreso de dejar en el colegio a E. y a mis sobrinos, veo un hombre mayor pintando de blanco el murete de su casa, un pequeño adosado frente a un parque con algunos árboles y muchos aparatos para hacer deporte. El hombre está sentado en un escalón y mueve la brocha, bien cargada de pintura blanca, con lentitud parsimoniosa. Fuma un cigarrillo. Cuando ya lo he pasado, imagino que la escena continúa. Vislumbro a su mujer saliendo al porche y llevándole una taza de café, mientras le toca el hombro, más con confianza que con delicadeza. Suena en el coche un tema de Bob Dylan a cargo de Nina Simone. La vida, a veces, parece una canción.

Los días en los que ni A. ni yo tenemos nada programado y nos dedicamos a pasear, tomar un café o ver una película, hablar o guardar silencio, cerrar los ojos un rato o reírnos del programa de reformas de casas donde todo lo solucionan colocando una viga de madera de 4000 dólares. Esos días, que parece que sucedieran sin pena ni gloria, tienen también su lugar en el calendario. Y en la gozosa memoria.

Releo un libro de relatos de José Jiménez Lozano (La querencia de los buhos) y me doy cuenta de la verdadera potencia de algunos de ellos que en la anterior lectura no me impactaron tanto. Están escritos todos con esa forma de oralidad y esa lengua tan peculiar. En apenas dos o tres páginas consiguen poner el dedo en la llaga, en la cuestión central y palpitante de nuestro mundo, del mundo de siempre.

Bajo temprano para ver a mi madre y para felicitarla; es el primer domingo de mayo. Hablo un rato con ella, nos contamos unas cuantas cosas y nos reímos de nosotros mismos. Cuando le doy dos besos y le digo que me marcho, me dice que me quiere. Yo también, le digo. Y al cerrar la puerta pienso que está muy bien que nos lo digamos, pues sucede con eso como con esas candelas que los sirvientes deben tener encendidas por si viene el Señor, pues nunca saben cuándo aparecerá. Luego, al mediodía, nos vamos A. y E. a comer y a celebrar el día como se merece. Y pienso, mientras veo la escena, que ha sido un buen puente. Uno bonito que cruza un río y que nos permite acercarnos para decirnos muchos “te quiero”; brillantes como la luz de una vela.

Estos versos de Basilio Sánchez: “El que busca entender el firmamento / se concentra en una única estrella”.

Marco Antonio Torres Mazón

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