En sus últimos días en el hospital, mi padre nos contó a mis hermanos y a mí cómo, cuando era adolescente, los marineros que iban en el chinchorro encendían una pequeña antorcha para avisar a la tripulación de la mamparra de que ya se podía largar la red. Con el tiempo, aquella embarcación evolucionó al bote de luces, pero el ritual nunca cambió: el chinchorrero pasaba la noche entera observando la piel del agua, esperando una señal, y a veces, aparecía: burbujas, remolinos casi imperceptibles y un temblor leve que delataba la presencia de peces bajo la superficie: “la barbulla”.Solo los ojos entrenados sabían leerla e incluso podían distinguir qué especie la provocaba. Era experiencia, intuición y suerte; el primer latido de todo lo que vendría después, el inicio de un largo camino que, si había éxito, terminaba al final de la semana haciendo las partes en la cantina.
Cuando me piden unas palabras sobre su trayectoria, solo puedo decir una cosa: su vida fue la mar. Muchos lo recordarán como el patrón del catamarán o como el hombre que, junto a mi madre, María, levantó el parvulario Niño Jesús, hoy aún abierto tras más de cincuenta años. Pero quienes lo conocieron saben que su verdadera pasión fue siempre la pesca.
Desde muy niño recuerdo haberle oído decir que La Alegría fue el primer barco que le dejaron “mandar”, y aunque alguna vez intentó quedarse en tierra firme, su destino estuvo siempre ligado al mar y a su profesión de patrón. En los años ochenta regresó a la pesca con el Ciudad de Mataró, su último barco pesquero, que trajo de aquella ciudad para rebautizarlo como Ciudad de Torrevieja. Fueron años de gran actividad: además de sardina y boquerón, aún se cambiaban las artes y los barcos de cerco lograban abundantes capturas de atún.
Lo puedo visualizar incorporando nuevas tecnologías como el sonar o el radar o visitando a antiguos marineros para recopilar, con mucho secreto, las señas de vapores hundidos donde se escondían las entonces novedosas lechas, con las que volvió a conseguir éxitos similares a los logrados anteriormente.
Pero hay un recuerdo que permanece con especial claridad: el día en que llegó a casa con los planos de un barco inacabado que había localizado en San Pedro y una idea que parecía imposible: dejar la traíña y crear unos viajes a la isla de Tabarca desde Torrevieja. Así nació Cruceros Tabardo, más tarde Marítimas Torrevieja. Algunos lo tomaron por loco; el tiempo demostró que fue un visionario que supo adelantarse al lamentable declive de la pesca tradicional y logró crear una empresa turística a partir de un sueño.
Volvió a la formación para ser Patrón Mayor de Cabotaje y, con aquel casco inacabado, terminó un pequeño barco al que llamó Playa de Torrevieja. De aquel sueño nacieron rutas, barcos y proyectos: viajes a Tabarca varios días a la semana, paseos por el litoral y travesías a Cabo Roig para pasar el día. Llegaron después el Super Delfín Verde, con el que se viajó a la isla Perdiguera, y el San Francisco, con el que se acortó el trayecto a Tabarca y se organizaron cenas en la bahía. Finalmente, llegaría el catamarán encargado en los astilleros de Cádiz, el Espejo de Torrevieja, su barco, con el que viviría su idilio eterno. Con él cumplió su anhelo de llegar a Tabarca en la mitad de tiempo y con el pudo acompañar al equipo Oracle en la America´s Cup que se disputó en Valencia y estuvo presente en la Volvo Ocean Race.
Incluso cuando nacieron sus primeros nietos, soñó con que los Reyes Magos llegaran a Torrevieja por mar, en catamarán. Y, como tantas otras veces, convirtió el sueño en realidad.
Muchos recuerdos del día de la Virgen del Carmen, la patrona del mar, que siempre iba con él en el puente, a la que se encomendaba en muchas ocasiones y cuyo dieciséis de julio vivía siempre con una devoción especial.
Su pasión, su ilusión, su vida: el mar. La mar. Quienes acudieron a despedirlo —a todos ellos les damos las gracias desde estas líneas — hablaron de ese amor profundo por el mar, de cómo supo “no dejar pasar la vida sin vivirla”, de cómo hacía sentir bien a sus amigos y a quienes se acercaban a él y de que siempre y hasta el final…
… supo ver la barbulla mucho antes de que apareciera.
“Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.”
Blancor, calma chicha, papá.
Buena mar.
Francisco Juárez Pozuelo
VISTA ALEGRE expresa su más cariñoso recuerdo a Paco Juárez, fallecido el pasado 6 de diciembre de 2025 y en especial a su esposa, hijos y a toda su familia envía su más sentido pésame.
Descanse en paz.

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