Leo El tiempo entre los lirios, de Vicente Valero. Es una suerte de libro de viajes, diario y meditación en torno a la figura y el paisaje franciscanos.
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Mientras me visto por las mañanas me llega el sonido de las campanas de la iglesia. El viento transporta los rumores de un tiempo que me entronca con muchos que ya no están. O que están, pero de otra forma.
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Gustavo Adolfo Bécquer escribió una Historia de los templos de España, que no pudo concluir. Emilia Pardo Bazán escribió una biografía de San Francisco de Asís de más de 700 páginas en dos tomos y que consideraba una de sus más perfectas obras. Es curioso la poca difusión de ambos libros. Muy curioso.
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Tarde de viernes en Alicante. Charla sobre la Síndone. Uno de esos temas de los que he leído muy poco. De camino, en el coche, escucho a ArvoPart, que compuso un tema precisamente sobre el sudario de Cristo.
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A veces no sabes de dónde sacas las fuerzas para organizarte. Bueno, sí lo sabes…
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De regreso de Alicante, por la noche. A la altura del Altet un denso y espeso banco de niebla hace que aminores la marcha. Lo pasas despacio. Cuando sales, parece que has cruzado al otro lado de una realidad distinta. Es una sensación extraña que te dura unos segundos pero que te deja lo suficientemente perplejo como para anotarlo más tarde en este cuaderno.
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Caminar un rato bordeando el mar, leer, escribir, charlar con unos amigos, preparar una catequesis, rezar. La mayoría de cosas importantes cuestan nada o muy poco y nos proporcionan, a cambio, todo.
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Como cada año por estas fechas toca expurgo en nuestra biblioteca. Viejos libros se marcharán a otros hogares, con otros lectores. Otros libros llegarán, ocupando su lugar. Quedan, claro, los inamovibles: esa serie de libros imprescindibles sin los cuales no podemos entender nuestras vidas; nuestros queridos amigos que nos hacen grata compañía y con los que dialogamos a diario. Libros que nos salvan una tarde de domingo y nos traen la paz justo antes de apagar la luz e irnos a dormir. Libros que nos gusta abrir por cualquier página al azar y siempre encontramos en su interior una felicidad, una alegría y algo sobre lo que meditar. Libros que nos conocen mejor que nuestros más cercanos amigos y familiares. Libros sobre los que nuestras pupilas se detienen con especial emoción cada vez que pasamos un plumero sobre las baldas de la biblioteca. Libros que ya no tienen nada que demostrarnos. Libros que nos lo han dado todo sin pedir a cambio nada más que nuestra mirada y nuestra atención. Libros, finalmente, que se han ganado el derecho a tener un lugar fijo en las paredes de nuestra casa y de nuestro corazón.
Marco Antonio Torres Mazón

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