Hay un disco de Bill Callahan que suelo escuchar, desde hace ya algún tiempo, cada dos o tres semanas. Lo pongo, lo escucho entero, y vuelo a mis cantatas de Telemann. Callahan es un músico extraño, a medio camino entre un cantautor folk y un crooner, con una voz llena de personalidad y unas canciones que parecen relatos sureños. Y me gusta porque es un disco que me hace mucha compañía, algo que valoro cada vez más en cualquier arte: esa capacidad de acompañamiento espiritual. Y me gusta alternar este tipo de discos con mis escuchas de música clásica, sobre todo de música antigua y barroca. Y disfruto de ambas cosas con una absoluta falta de prejuicios y una plena felicidad.
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Se acercan las fiestas patronales. De nuevo el pregón y, por tanto, los recuerdos tan intensos del año pasado, cuando tuve la suerte de poder ejercer de pregonero ante todos mis familiares, amigos, vecinos. Las fiestas patronales atesoran su fuerza y su verdadero calado en dos cosas: la Purísima, nuestra patrona, y los recuerdos que todos tenemos de estos días. La infancia, verdadero reino donde anidan todas nuestras vivencias de felicidad, familia y fe: póngalo usted en el orden que prefiera.
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Releyendo estos días las Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. Es uno de sus mejores textos (y mira que tiene muchos), junto con Los cuatro amores y Una pena en observación. Lewis nunca dio el paso final de su conversión al catolicismo, y mira que su amigo Tolkien (a quien precisamente dedica su libro) lo intentó de todas las maneras posibles. Y sus libros, no obstante, tienen gran predicamento entre los lectores católicos, quizá por la Verdad que late en su interior. Un cristiano de verdad, sin duda. Y un escritor que, como Jiménez Lozano, nos acompaña en las ya frías tardes del otoño.
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En el tercer volumen de los Sermones Parroquiales de Newman hay uno sobre la parábola del hijo pródigo que me hace parar y volver a leerlo varias veces. Y subrayarlo. Ahí está toda la sabiduría del Doctor de la Iglesia y toda la misericordia del santo.
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Tarde del domingo en la que escribes tranquilo, escuchando un concierto de oboe de Handel (maravilloso para esta época del año) y viendo cómo la anochecida oscurece la realidad al otro lado de la ventana. E. estudia en su cuarto. A. lee en el comedor. Hay momentos en la vida, sencillos y verdaderos, que valen su peso en oro. Nos gustaría poder apresarlos de algún modo, como cuando tomamos una fotografía o un rápido dibujo al natural. Pero el tiempo pasa y la noche llega. Ya has escrito lo que tenías que escribir. Por ejemplo, esto que ahora lees, amigo lector, y que sólo espero que te haga algo de compañía. Quizá en una tarde de domingo. Tal vez mientras la anochecida oscurece el mundo al otro lado de tu ventana.
Marco Antonio Torres Mazón

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