Lunes de Pascua. Amanecemos con la noticia de la muerte del papa Francisco. Como suele suceder en estos casos comienzan a hablar de él gentes que tienen intereses ocultos y que, me temo, no han pisado una iglesia en muchos años. Bien está, pero al menos que no intenten sentar cátedra.
Fue, desde luego, un papa carismático en su más amplia y exacta definición. Y el papa que en ese momento necesitaba la iglesia.
Ahora entramos en todo ese proceso de duelo, entierro y cónclave que terminará con la elección de un nuevo sucesor de Pedro. Y ahí, en esa línea sin interrupción, es donde radica la fuerza interna del papado.
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Viaje a Sevilla. Salimos muy temprano en coche en dirección a Sevilla. Nos amanece en plena carretera. La ciudad despierta de los días ajetreados de la Semana Santa. Desmontando toda la carrera oficial. Las ruedas de los coches hacen un ruido peculiar debido a la gran cantidad de cera que todavía hay en el asfalto.
Visitamos varias capillas. Las que permanecen abiertas todavía tienen a sus titulares entronizados. Vemos la Exaltación, acaso el paso de misterio más impresionante que he contemplado nunca. Otras capillas, lamentablemente, están cerradas por labores internas de desmontaje y acondicionamiento.
Sevilla es una ciudad para pasearla. Acaso más que ninguna otra. El día del libro nos pilla aquí. Paseando por la calle Sierpes y alrededores entro a echar un vistazo a la librería san Pablo, donde compro un pequeño ensayo sobre escritores rusos.
Releo, ya en el hotel antes de descansar, el Ocnos de Luis Cernuda: retrato de una Sevilla que el poeta recrea, mediante pequeñas estampas de prosa poética, desde la lejanía…física y espiritual.
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Granada. Llegamos desde Sevilla y todavía la nieve nos saluda desde las cumbres. Paseo por el centro. Visita a la catedral. E. queda impactada por la majestuosa belleza del interior. En la sacristía, la pequeña talla de la Inmaculada de Alonso Cano vuelve a dejarme completamente mudo. Seguimos paseando. Compro dos libros de Jesús Montiel. Tomamos un té. Disfrutamos de un hammam.
Regresamos a casa mientras cae la tarde…dejando atrás unos días que ya son memoria vivida.
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Entierro del papa Francisco. En la hora del Espíritu Santo toca rezar y guardar silencio. Qué sencillo…qué complicado.
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Vuelvo a ver, después de muchos años, Francisco, juglar de Dios, de Roberto Rossellini. Entre tanto documental interesado y tanta película llena de conspiraciones, esta sencilla y poderosa cinta conmueve el alma. Pequeñas estampas de una naturalidad…franciscana. La secuencia del encuentro de Francisco con un leproso en mitad de la noche del bosque, sin un solo diálogo, es el homenaje más elocuente que encuentro para estos días de tristeza y melancolía.
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Hay un minimalismo en la tumba del papa Francisco que me recuerda a las composiciones de Arvo Pärt o John Tavenner. Algo que, por otra parte, resulta hasta lógico.
Marco Antonio Torres Mazón

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