La llegada de las primeras cajas del libro te produce una extraña emoción. Qué raro es sostener un ejemplar en la mano, abrir y pasar las hojas, sentir el tacto y ese olor tan peculiar de los libros nuevos. Tienes que reconocer que ha quedado muy bien y que la labor de edición de M. ha sido muy fina y llena de aciertos. Pero no puedes dejar de pensar que es cierto eso que dicen: de algún modo ese libro, una vez escrito y publicado, ya no te pertenece.
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Viaje de trabajo con P, cruzando las tierras horizontales de La Mancha. Dos días también para compartir y resintonizar. Por la mañana, al abrir la ventana de la habitación del hotel, el silencio se rompe con un improvisado concierto de vencejos, gorriones y mirlos. Toda amanecida es un acto generoso en el que se nos entrega la posibilidad de hacer algo hermoso con nuestra vida. La dulce música de esos pájaros puede ser una banda sonora perfecta.
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Si no somos capaces de ver lo que de sagrado tiene la vida y el profundo silencio que deberíamos guardar ante toda muerte, es que no hemos entendido nada.
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Pájaros perdidos, de Rabindranath Tagore. Si lo pienso bien, es uno de los libros de mi vida. 325 aforismos que el poeta escribió durante uno de sus viajes. La traducción española más conocida, y la que he vuelto a leer hace unos días, es la que hizo Zenobia Camprubí y revisó Juan Ramón Jiménez. Es un libro en el que siempre encuentro lo que ando buscando. Pájaros, florecillas, la amada y Dios, la noche y el día, la luna y el sol, oscuridad y luz. Hay también silencio y contemplación. A veces, mientras lo leo, pienso en San Juan de la Cruz.
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Domingo de Ramos. Un día emocionante y lleno de recuerdos. Por la mañana, las palmas y el olivo. San Juan y Jesús Triunfante, con su nueva banda de música (Agrupación Musical Hermandad de la Verónica, de Hellín), que ha sido todo un acierto. Al mediodía, como es tradición desde hace muchísimos años, comida con P. y A. (y con I. y mi ahijada M., ya cada vez más grandes). Con la atardecida, la Esperanza en todo su esplendor. Todo el día, sobrevolando como una mariposa, el recuerdo y la presencia de tantos que ya no están.
En un momento determinado me vuelvo para ver a la Virgen. Al fondo, el parpadeo de las luces. Están encendiendo las velas de la candelería delantera, que el viento se empeña en apagar una y otra vez. Sin gafas y con mi miopía (1,5 en cada ojo) parecen auténticas estrellas que brillaran en la noche del mundo. Supongo que eso es la auténtica Esperanza.
Marco Antonio Torres Mazón

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