Notas de un diario. La cabaña interior
Nada como la sensación de oír llover y saber que no tienes que salir de casa.
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El momento justo en el que se encienden y se apagan las luces de la ciudad.
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Toda polarización encierra un peligro claro: perder de vista el centro. El primero de los dos polos que lo haga será incapaz de regresar de su viaje hacia la nada.
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Frente a cierta infantilización de Dios, volver la mirada al silencio, al recogimiento y al despojamiento. Regresar a Santa Teresa y a Pascal, a San Agustín y a San John Henry Newman, a Fray Luis de León y a San Juan de la Cruz.
Frente a cierta intelectualización de Dios, la oración y la paz interior. Y pensar, como Dostoievski, que la belleza salvará el mundo.
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Es el silencio
la cabaña interior
llena de nada.
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El aire fresco de las mañanas de octubre; ese punto de feliz escalofrío que te entra como una descarga eléctrica. Y con la atardecida igual: a medida que cae el sol hace más frio con la llegada de la noche. Son pequeños detalles de la estación que nos marcan el paulatino paso del tiempo.
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La balanza entre lecturas y relecturas se va equilibrando a medida que cumplimos años.
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Una muestra, en el Louvre, de obras escultóricas del barroco español, procedentes la mayoría del museo de Valladolid. Veo el reportaje en un periódico y las fotos de las obras expuestas en las redes sociales. Impresiona ver esas piezas en ese contexto; en Francia, por cierto, un país donde aumentan los bautizos. Exportar lo mejor que tenemos, que es mucho y muy bueno, en vez de tanto enfrentamiento estéril. Al final, como decía el cura rural de la novela de Bernanos, todo es gracia.
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Hay días en los que me puede el desánimo y no soy capaz de encontrar mi ciudad en esta ciudad; no me reconozco en ella ni la reconozco a ella. Pero luego, al cruzar una esquina, veo al fondo la pared azul del mar, asidero último de todos mis abismos.
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Pessoa inagotable. Paso unos días en el Libro del desasosiego. Mi vieja edición, llena de notas y subrayados. Es un libro para entrar, estar en él un par de días y salir. Así hasta la próxima ocasión. Gran intensidad en todo lo que dice/anota. Intensidad poética. Los días de lluvia, la tabaquería, la parte baja de la ciudad, el transcurrir de las horas entre apuntes contables. “Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario a un libro que no se ha escrito”.
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Después de mucho tiempo, volvemos a tener un perro en casa. Maia llega a nuestras vidas como las cosas importantes, en el momento justo. Ni antes ni después. A mi mente viene aquel primer perro que mi hermana G. y yo encontramos en la puerta del colegio siendo niños y cómo convencimos a nuestra madre para quedarnos con él. Nato, Golfo, Duque, Neo… Maia, bienvenida a casa.
Marco Antonio Torres Mazón
