Notas de un diario. Lo maravilloso de vivir

El libro La felicidad conyugal, de Lev Tolstói, sobre una mesa.

El otoño suena a los conciertos para cuerda y oboe de Vivaldi, de Albinoni, de Marcello. Y de Bach, por supuesto. Así, mientras voy caminando hacia el trabajo o cuando salgo a dar un paseo y la paulatina ausencia de aglomeraciones me hace ver que ya el verano va quedando atrás, esas bellísimas piezas musicales alegran mi corazón con el ritmo otoñal de sus notas.

Los siete samuráis, de Akira Kurosawa: ahí está todo Homero y todo Shakespeare y todo Tolstói. También John Ford, claro. Su admirado John Ford que, cuando se encontraron, le dijo: veo que te gusta la lluvia. A lo que el maestro nipón contestó: veo que has visto mis películas. Sí, la lluvia en Kurosawa cae de una manera única, especial, física y poética al mismo tiempo. Hay películas que uno no se cansaría de ver y de admirar, igual que no nos cansamos de ver y de admirar ciertas melodías, amigos, besos y atardeceres. Nos hacen, todos ellos, mejores de lo que somos en realidad.

Cada septiembre es una nueva oportunidad, un nuevo comenzar.

Las noches frescas… qué ganas tenía de decir esa frase.

Últimamente recuerdo mucho cuando fumaba en pipa. No echo en falta los cigarrillos tanto como el ceremonial de fumar en pipa: prepararla, aculatar correctamente el tabaco (previamente seleccionado para cada fumada), encenderla con dos o tres bocanadas profundas, amplias. Luego, mantenerla encendida con delicadeza, jugando con el atacador para remover bien el tabaco. Finalmente, el vaciado y la parsimoniosa limpieza. No hay nada como limpiar una pipa mientras escucho la radio, por ejemplo algún programa de Radio Clásica. 

Fumar en pipa es todo un arte. Todavía guardo mis pipas y de vez en cuando, en esos momentos en los que la nostalgia me puede, como ahora, y me asalta el poderoso recuerdo de tantos buenos ratos asociados a su presencia, las saco de la bolsa de viaje donde están guardadas y las toco, las miro con añoranza. Una pipa es un objeto bello donde hay, en muchos casos, una profunda labor de artesanía que ya se va perdiendo poco a poco. Las Peterson irlandesas, con sus anillos plateados a los que conviene limpiar con bicarbonato para que brillen adecuadamente; la bonita Stanwell danesa y las Savinelli italianas que A. y E. me regalaron por mi cumpleaños, hace ya bastantes nochebuenas; la Masterly rusticada de mi padre. 

Ojalá hubiera escrito todo esto mientras fumaba alguna de mis pipas. Aunque, ahora que lo pienso, escribirlo ha sido como fumar con palabras aquel humo de antaño.

Leyendo La felicidad conyugal, de Lev Tolstói,  en la traducción de Selma Ancira para la editorial Acantilado. Un relato emocionante y que dirige su mirada a la raíz de muchos de los temas que importan de verdad. Un libro, como todos los del maestro ruso, cargado de espiritualidad. Qué maravilloso es vivir, exclama uno de los personajes en un momento determinado. Qué maravilloso es Tolstói, decimos nosotros mientras seguimos leyendo. 

Hay que bendecir cada momento de nuestras vidas; cada instante de nuestros días. Solo así, en esa acción de gracias, podremos ser consecuentes con la gran alegría que supone estar vivos.

 

Marco Antonio Torres Mazón