Santa Edith Stein y veo pocas referencias a ella en las redes sociales, en los medios de comunicación. Tampoco en la celebración de la Eucaristía a la que asisto. Sorprende. O no tanto. Quizás eso explique muchas cosas.
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Días de vacaciones y descanso en Cabo de Gata. Playas infinitas y aperitivos que se juntan con la comida y sobremesas que se alargan con la placidez del que sabe que no tiene nada más que hacer. Son días que parecen sacados de Verano Azul. Esa sensación tan mediterránea de sonreír al horizonte.
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Paseo al atardecer. En una pequeña tienda compro una pequeña libreta, de color negro y con la flor de la pitera dibujada, con la leyenda “Al fin y al cabo” sobre ella. Espacios en blanco en los que enmarcar futuras palabras.
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El sonido de una campana nos recuerda que Dios no está de vacaciones. La iglesia, pequeña y blanca como una mañana de agosto, nos llena de esperanza.
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Playa de los Genoveses. Día tranquilo en el que dejarse mecer por un mar calmo y lleno de recuerdos.
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La luz del atardecer como metáfora de todo (y de nada).
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Casi toda enseñanza se resume en este principio: levantarse al menos una vez más de las ocasiones en las que caes. Y en esta última que te pones en pie, contemplar el horizonte.
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Lo mejor del eclipse fue el atardecer, es decir, eso que tenemos todos los días.
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Excursión en kayak con E. Una mañana perfecta entre padre e hija en un entorno inmejorable.
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Leyendo en la playa el libro Hablan los escritores; se trata de una selección de entrevistas a algunos hombres de letras del pasado siglo. Ezra Pound o T.S. Eliot. Curioso leer sus opiniones (escuchar sus voces, podría decir) mientras las olas mueren en la orilla y la tarde más allá del horizonte. El escritor cuyas respuestas prefiero, sin duda, Hemingway.
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La luz clara del atardecer
es la que busco para mi alma.
O, mejor dicho:
La luz clara del atardecer
es la que mi alma busca.
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Una tarde leyendo. Sin hacer otra cosa que leer mientras notas cómo va pasando (atravesándote) el tiempo.
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Misa en la pequeña iglesia de Cabo de Gata; 15 de agosto. Después, procesión con la patrona, la Virgen del Mar, por todo el paseo marítimo.
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Termina una semana de verdaderas vacaciones, de auténtico descanso, de plena amistad. Una conversación tranquila en la orilla del mar, mientras el ir y venir de las olas acuna nuestro espíritu; un paseo por la noche; un poco de ejercicio; respeto absoluto a la hora del aperitivo y a la hora de la siesta. Da pena que esto acabe, pero esa pena o tristeza lleva en su interior la semilla de las cosas que nos han hecho felices.
Marco Antonio Torres Mazón
