Salgo a caminar. Es ya de noche y el mar está bastante revuelto. Tanto como para que el sonido de las olas se cuele en mis auriculares y se mezcle con una canción de Bob Dylan, creando así, ola y armónica, una melodía nueva.
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Leyendo un libro de Víctor Colden donde narra, en forma de diario, su viaje a pie por tierras del norte de Soria, me encuentro con un autorretrato que hace con el que no puedo evitar sentirme identificado. Habla el autor de su melancolía y su gusto por las cosas sencillas y auténticas del pasado. “Este gusto por lo anacrónico, ¿qué significa y a qué se debe? Las cartas, los senderos, los libros, los bosques. La delicadeza, la cortesía, el pudor. El silencio y la belleza; la libertad y la soledad; la escritura. Ilusiones o entelequias a las que ha sido uno fiel ya tanto tiempo que no sabría desprenderme de ellas”.
Hay todo un mundo que parece condenado a desaparecer. Sin embargo, tengo también la sensación de que siempre habrá un grupo de personas dispuestas a mantener esa pequeña llama encendida, a resguardo del viento y las inclemencias del tiempo. Como en el final de Fahrenheit 451, la distopía de Ray Bradbury (que, como toda distopia, tiene algo de advertencia), si seguimos el camino de las viejas vías del tren abandonadas y nos adentramos en la espesura del bosque, quizá encontremos allí a un grupo de personas, los hombres-libro, a los que les guste sentarse al atardecer, con un té o una copa de vino, leyendo unos versos o escuchando una suite para cello de Bach, o musitando una oración por la que sentir que podemos estar agradecidos y que hay alguien, más allá de nuestra comprensión, al que podemos dar las gracias.
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En las redes sociales (no sé si en la realidad porque desconozco si “realidad” y “redes sociales” son exactamente lo mismo) todo termina siendo una cuestión política: el cierre de una librería, un premio literario, una declaración del Papa o el frio o calor de un día. Es tal la polarización que ante cada noticia se cava una trinchera. Qué aburrimiento. Y qué peligro. A los aburridos les recomiendo que dejen la pala a un lado y que lean un poco algunos buenos libros. Pero buenos de verdad, de los que te rompen por dentro para luego curarte.
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El paso suspendido de la cigüeña es una película de 1991 del director griego Theo Angelopoulos. La vi, como otras muchas de él, hace bastantes años. Estoy ahora revisitando algunas películas que hace mucho que no veía. Eso siempre es un riesgo. Puedes llevarte más de una sorpresa, como cuando hace tiempo que no ves a alguien y no sabes si tras el cortés saludo habrá algo más que decir o no. Pues sí, en el caso de la cinta de Angelopoulos, con un magnífico Marcello Matroianni, no sólo es que aguante el paso del tiempo, sino que las lecturas actuales que de ella se desprenden son más que cuando se realizó en su momento. Y contra lo que pueda parecer no es una película política, sino humana, poética y filosófica. Una historia sobre fronteras y gente que quiere cruzarlas y que no entiende que un simple paso nos haga estar en un lugar o en otro.
Marco Antonio Torres Mazón

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