La amistad es de las cosas más hermosas cuando hace honor a su verdadero nombre y es de las cosas más dolorosas cuando decepciona en su profunda raíz. Como anota Trapiello en uno de sus diarios: “Todas las amistades están llenas de esos altibajos. Las verdaderas al menos. Las otras también, pero en estas importa menos”.
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No me suelen gustar esas películas supuestamente cristianas, católicas, militantes. Normalmente son de escasa calidad en lo cinematográfico y lo basan todo en un fuerte proselitismo que cercena cualquier posibilidad de arte verdadero. Y de arte verdaderamente cristiano, incluso. Es algo que termina siendo propaganda. Puedo estar de acuerdo, por convicciones personales, con lo que me quieres vender, pero el arte no consiste en vender nada. Sacrificio, de Tarkovski; La palabra, de Dreyer; De dioses y de hombres, de Xavier Beauvois; Diálogo de carmelitas, de Bruckberger y Agostini; Francisco, juglar de Dios, de Roberto Rossellini. Hay ejemplos de sobra, gracias a Dios, de un gran arte cinematográfico cristiano que, lo primero que hace, es no “venderse” como “arte cristiano”.
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Momento de reorganizar un poco la biblioteca, mover algunos libros y sacar otros que ya no leeré. Aquí seguimos esa máxima que dice: “libro que no has de leer, déjalo correr”. Cuando se tienen muchos libros en casa es bueno hacer esto al menos una vez al año. Además, es en este momento cuando te das cuenta de todo lo que sueles acumular sin pensar si lo necesitas o no. Y también de esos libros y esos autores a los que, año tras año, vuelves sin parar y que, en el fondo, tampoco son tantos. He trasladado algunos de esos nombres indispensables a una pequeña librería en el salón, para que estén más a mano. José Jiménez Lozano, Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Ralph Waldo Emerson, C. S. Lewis, Christian Bobin, Hermann Hesse. Se han quedado esperando su turno otros igual de importantes y queridos, a los que pronto encontraremos la manera de poner juntos para que puedan dialogar: Juan Manuel Bonet, María Zambrano, Julián Marías, Unamuno, Azorín, Samuel Johnson, Emily Dickinson. Son lecturas a las que siempre regresas y en las que te sientes como en casa. Quizás de eso tan sencillo trate la literatura, el acto de leer y la pasión por vivir.
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Después de desayunar los sábados (té y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa) el mundo se ve de otra manera. Más amable, sin duda.
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No hacer nada es, a veces, el único modo de hacer algo.
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En ciertas ocasiones es bueno poner nuestras esperanzas al sol…antes de que salgan volando y las perdamos de vista.
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El silencio, entre adormecido y fruto del recogimiento, de los cinco minutos previos al comienzo de la misa de 9 de la mañana: uno de los mejores momentos del domingo.
Marco Antonio Torres Mazón
