Notas de primavera II: Momentos verdaderos

Una gaviota volando sobre dunas y hierbas altas en la costa, bajo un cielo azul brillante con el mar al fondo

El silencio, como la soledad, puede tener dos aspectos; uno positivo y otro no tanto. Dependerá de si ese silencio (o esa soledad) se busca o se te impone.

El silencio (y la soledad) buscado se debe respetar; lo que invariablemente conduce a más silencio (y más soledad).

E. lee en la misa de la Cofradía. Un regalo. Otro eslabón de la cadena. No habiendo podido estar yo no encuentro mejor recambio.

Hay tres tipos de días: los que el semáforo está en rojo y nos paramos; los que está en verde y seguimos nuestro camino; los que está en ámbar. En los dos primeros tenemos clara nuestra forma de actuar. En el tercero es donde aparece la duda y el no hacer siempre lo mismo; unas veces paramos y esperamos a que cambie definitivamente a rojo y otras seguimos, sabiendo que dejamos atrás la duda razonable. No estoy hablando del tráfico, como es lógico.

La lluvia ya comienza a caer no sólo en el suelo; también en el ánimo.

Últimamente he abierto las puertas de la relectura y entra por ellas un aire más renovado. Qué aparente contrariedad. Releo el último tomo de los diarios de Andrés Trapiello; releo los Cuadernos de escritura, de Carlos Pujol (Cuánta sabiduría hay en ellos. Siendo notas de escritura terminan siendo también una gran brújula de lecturas); releo el tomo de la poesía completa de Robert Frost que A. y E. me regalaron hace unos años.

La Pasión según san Mateo ha sido para mí el gran oratorio de la Cuaresma y la Semana Santa. Sin embargo, en los últimos años la Pasión según san Juan se ha ido abriendo camino en mi interior con una fuerza y una intensidad inusitadas. El coro inicial me sobrecoge como pocas obras de arte lo han hecho nunca. ¿Qué misterio tiene esta obra maestra de Bach? ¿Qué tecla insondable pulsa en el hondón de nuestra alma?

Hay días en los que me siento a escribir con la mejor de las actitudes, pero las palabras se niegan a salir con fluidez; nacen pesadas, como enormes bloques de hormigón. Y con una lentitud exasperante. Es en esos momentos cuando me gustaría ver a uno de esos que dice: “qué bien se te da escribir; qué facilidad tienes”. Cuando miras una pepita de oro nunca piensas en los golpes incesantes de pico que hay detrás.

Los paseos bordeando el mar se convierten, cada vez más, en un regalo. Ya poco tienen que ver con el hecho de caminar. Es un momento con una cierta carga espiritual. La amanecida con su amplia gama de instantes sucesivos; el ritmo de las olas que mueren en la orilla y renacen y vuelven a morir y a renacer; toco la mano de A., que está a mi lado; suena por el auricular un concierto para oboe de Alessandro Marcello. ¿Qué precio tienen las cosas que son verdaderas y bellas?

Marco Antonio Torres Mazón

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