ncorporarse un lunes al trabajo después de las vacaciones está muy bien; nos permite sacarle al domingo todo su poso de melancólica felicidad.
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Llueve un poco; sonrío otro poco.
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Bajan las temperaturas y ya parece que las noches refrescan lo suficiente como para hacernos notar con su lenguaje sin palabras que el verano está llegando a su fin. No es el joven verano que conocimos en junio, sino el viejo verano de finales de agosto.
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Vuelvo a recuperar, una vez más, las salidas a caminar por mi ruta habitual. Llevo una gran alegría al encontrar a mi vieja amiga, la sombra de los plataneros, que me saluda con su sonrisa fresca, umbrosa. Un montón de hojas secas en el suelo, como una premonición de la estación deseada, llenan mi corazón de felicidad. Caminar es dialogar con uno mismo y también una suerte de oración prolongada. Pienso en Thoreau y, más recientemente, en Sylvain Tesson.
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Llevo varias semanas con el volumen de las poesías completas de María Victoria Atencia que compré en Murcia. Al leer los tres o cuatro primeros poemas supe que era alguien que hablaba mi idioma; alguien que me conocía sin conocerme (que es lo que hacen los verdaderos escritores que se quedan para siempre con nosotros). Nos conocen, aunque nunca nos hayan visto, aunque lleven muertos siglos. Uno de sus poemas, el que lleva por título “Al sur”, es como un espejo en el que me veo reflejado. “Al sur de algún país está mi casa / con discos de Bob Dylan y Purcell, y facturas / y pudín de Yorkshire y libros esperándome / y voces que se cruzan por las habitaciones. / Pero la fría sangre del jazmín me atraviesa / cuando la tarde cae, y escribo, como ahora, / o callo en la terraza por los míos ausentes. / Un gran perro acosado ladra en el ascensor”.
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Me emociono profundamente viendo la película de Zhang Yimou titulada Regresar a casa. Una cinta que habla del amor con mayúsculas; de la entrega al otro con el corazón completamente desnudo.
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Agosto ya nos deja, llega septiembre. La vuelta a la normalidad, a la rutina, a un cierto orden. Qué nos deparará el otoño en sus primeros compases es un misterio. Lo mejor será dejarse llevar de la mano, adentrarse en el bosque, disfrutar de este nuevo tiempo.
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Releía estos días un libro que recopila algunos artículos periodísticos de José Jiménez Lozano. En uno de ellos, hablando de la fiesta de la Candelaria, dice que “no hay cosa en el mundo que más haya alegrado siempre el corazón humano que la luz”. Es cierto. Y pienso en esta luz tan especial de las tardes de finales de agosto y comienzos de septiembre. Una luz que parece despedirse y que, al mismo tiempo, parece darnos la bienvenida. Una luz a medio camino de todas partes. Una luz que nos regala compañía y por la cual solo podemos estar agradecidos.
Marco Antonio Torres Mazón
