Bendición y preceptos de la Navidad (Un recuerdo y una oración)

Bendición y preceptos de la Navidad (Un recuerdo y una oración)

Para todos los presos, capellanes de prisión y voluntarios de prisiones

Hace muchos años, cuando era más joven y mis ganas de hacer cosas no entendían de horarios ni de cansancio ni de malas excusas, celebré muchos de mis cumpleaños en la cárcel. Dicho así suena raro, lo sé. Pero es rigurosamente cierto. Por esos días yo era voluntario de prisiones en la Pastoral Penitenciaria. Mi padre había formado un grupo de voluntarios en Torrevieja (Pepe, Vicente, Carmen Solano, Julia, que nos ha dejado hace poco, mi madre y yo. Además de muchos más que, desde fuera de la prisión, también nos echaban un cable) y todas las semanas participábamos en talleres de valores humanos y acompañamiento en las celebraciones de la misa del domingo, que el capellán, entonces D. Florencio Roselló Avellanas (hoy arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela), celebraba donde buenamente se podía. 

Mi cumpleaños, como ya casi todos mis queridos lectores saben, es el 24 de diciembre, Nochebuena. Ese día, por la mañana, íbamos a la prisión de Fontcalent para llevarle a los internos unos pequeños obsequios: algo de ropa interior, bolígrafos, papel, sobres y sellos para correo y alguna cosa más. Y compañía; lo que llevábamos en la mañana de Nochebuena, en unos días que recuerdo bastante fríos, era el calor de la compañía. A veces nos arrancábamos con algún villancico, algo que agradecían incluso los funcionarios que allí trabajaban. 

Charles Dickens escribió, en su clásico Canción de Navidad,  que la Nochebuena es el día más hermoso del año. Yo también lo creo. Y todos los años, sin faltar ninguno, leo por estas fechas la historia de cómo el Señor Scrooge redime sus pecados y se convierte ante nuestros ojos, fruto de la acción sanadora del tiempo de Navidad. Casi podríamos decir que Scrooge se reinserta en la sociedad. Y en este libro, Dickens escribe un pasaje memorable en el que habla de cómo el espíritu de la Navidad llega a todos los rincones del mundo, incluidas las prisiones. “El espíritu se situaba junto a la cama de los enfermos, y estos se alegraban; al lado de quienes vivían en tierras lejanas, y se sentían como en su hogar; junto a los que luchaban en la guerra, y se consolaban forjando grandes esperanzas; entre los pobres, y se creían ricos. En orfanatos, hospitales y cárceles, en todos los refugios de la miseria, en todos los lugares donde el hombre, envanecido por su efímera autoridad, no había atrancado la puerta, dejando fuera al espíritu de la Navidad, éste daba su bendición y enseñaba sus preceptos a Scrooge”.*

Si algo aprendí de esos años en la Pastoral Penitenciaria fue a no juzgar a la ligera. Sobre todo a los presos, que ya han sido juzgados y que esperan, como todos nosotros, el gran juicio final. Y también que la Iglesia está presente en todos los lugres, incluso en esos a los que nadie quiere ir, a los que nadie quiere dirigir su mirada. 

Todo esto que cuento fue hace muchos años. Dejé de ser voluntario y me involucré en otros proyectos. Sin embargo, cada vez que amanece el día de Nochebuena, incluso antes de que Ana o Esperanza me feliciten por mi cumpleaños, mi primer pensamiento es para los internos, para los presos. Un pensamiento y una oración. Porque una vez comprendí que Cristo también nace entre rejas o precisamente nace para romper todos los barrotes de tantas prisiones como nos agobian en nuestra vida; porque todos, absolutamente todos, somos presos de algo, aunque sea de nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras miserias y nuestros pecados.

¡Feliz Navidad!

*(Traducción de Santiago R. Santerbas para Alianza editorial)

Marco Antonio Torres Mazón