Cuaderno de primavera IX: En el capítulo anterior…

Imagen acompañante cuaderno de primavera

A veces, cuando me dejo arrastrar por el desánimo y creo que todo está perdido, pienso en alguien entrando en una librería para husmear entre los estantes; o comprando una entrada para asistir a un concierto; dando los buenos días al entrar por la mañana en el trabajo; emocionándose viendo una vieja película o mandando un mensaje a un amigo con el que lleva meses sin hablar. Y pienso también en el sonido de una campana en el campanario de una iglesia de un pequeño pueblo, mientras la amanecida del domingo acaricia la piedra que antaño levantaron las gentes de ese lugar. No, mientras se sigan produciendo todos esos momentos nada está perdido.

Es muy complicado escribir sobre la muerte de un ser querido sin caer en ciertos tópicos, ciertos manierismos o terminar siendo demasiado explícito. Leo estos días Historias de fantasmas, donde Siri Hustvedt narra su duelo por la muerte de su marido, el también escritor Paul Auster. Es un buen libro. Y lo sería mejor todavía si quitaran uno de los últimos capítulos, donde se habla de política en unos términos un tanto cursis, como si fuera una adolescente la que nos está contando todas esas cosas. Además, esta semana he estado escuchando el disco que Amancio Prada dedicó a las Coplas de Jorge Manrique, uno de los grandes textos sobre la muerte de la literatura occidental. Y recordaba, entre verso y verso, que quizá lo mejor que se ha escrito sobre la pérdida de un ser querido siga siendo la página en blanco que Emerson dejó en su diario el día después de la muerte de su hijo Waldo. Ausencia de escritura. Vaciamiento.

Concierto en el Auditorio de la Capella de Ministrers, que interpretan Vespro della Beata Vergine, de Monteverdi. Momentos de gran belleza que convierten un día normal y corriente en un día especial y único. Me sorprendo varias veces, durante el concierto, cerrando los ojos, como queriendo encapsular ese trocito de belleza que se nos regala y guardarlo dentro, muy dentro, por si algún día nos hace falta.

Cuando era pequeño y salíamos del colegio, muchas veces nos íbamos al descampado que había detrás y que prácticamente suponía un límite natural de la pequeña ciudad que entonces era Torrevieja. Buscábamos alacranes, saltamontes y ciempiés, y recogíamos algunas flores silvestres que llevábamos luego para nuestras madres. La caída del sol nos avisaba de que ya era tiempo de regresar a casa.

Una tradición: cuando está a punto de salir el nuevo tomo del Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello, releer justo el volumen previo. Como para tomas impulso. O como se decía antes en las series: “En el capítulo anterior…”.

Días de lluvia. El poder de sugestión y de viaje a la infancia que sigue teniendo la imagen de las gotas de agua sobre los cristales del coche o de una ventana. 

Desempolvando viejos cuadernos; buscando antiguas palabras.

Unos minutos antes de comenzar la misa, el sonido de un aleteo hace que mire arriba, donde el batir de alas cruza la cúpula central, dando vueltas y finalmente cambiando de dirección. Viene a mi mente el recuerdo de un poema de Jiménez Lozano sobre gorriones y aleros en mañanas de frio invernal. Pero es primavera ya muy avanzada y el verano aguarda su turno.

Marco Antonio Torres Mazón

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