“No hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad”. Esta frase de Tolstoi está en el marcapáginas que utilizo desde hace unos meses. Con un bonito dibujo de una pequeña casa bajo la nieve, que recuerda a las fotografías que en el invierno de 1908 tomaron al ya viejo escritor ruso. Unas fotos preciosas, con su silueta a caballo o caminando, con la nieve, los árboles de un bosque cercano y la casa de Yasnaia Poliana al fondo.
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Si da igual que te esfuerces, porque el resultado será el mismo, dedica tus energías a mejores propósitos.
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A veces lo piensas: ¿por qué coger ciertos pesares si realmente nada nos sucede? Estamos bien de salud, te dices; tenemos trabajo; todo fluye con natural felicidad. No, no podemos hacer otra cosa que bendecir cada día que se nos ha dado. Invertirlo bien, como el talento del Evangelio, y sacarle el máximo rendimiento posible. Todo ello con la certeza de que se nos pedirán cuentas del tiempo vivido.
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Cuando recuerdas ciertos momentos del pasado lo que realmente estás echando en falta no es sólo ese tiempo recordado, sino las personas que ya no están y pueblan esos recuerdos como una vieja película en blanco y negro.
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En ciertos momentos de la vida hay que tener el coraje de descender hasta el fondo del pozo para luego ganarnos la oportunidad de subir otra vez a la superficie.
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Con algunos asuntos, tomar distancia. Con algunos asuntos que se enquistan, tomar tanta distancia como sea necesaria para perder de vista dicho asunto.
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He leído estos días El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki. Es un pequeño ensayo, de apenas 90 páginas, al que le tenía muchas ganas. Uno de esos libros que desde hace mucho tiempo rondaba mi cabeza leer pero que, por unas cosas o por otras, iba posponiendo su lectura. Es un ensayo muy curioso y muy sabio, me atrevería a decir. Tanizaki habla de cosas muy sencillas que, sin embargo, le sirve para tratar cuestiones muy complejas. Todo es, además, una comparación entre Occidente y Oriente. Habla, por ejemplo, de los retretes clásicos japoneses, construidos lejos del hogar y en zona de oscuridad y penumbra. Y eso choca con los retretes occidentales, blancos y luminosos, incrustados en el núcleo principal del hogar. Así, el choque constante entre ambas formas de entender el mundo tiene su fiel de la balanza en la luz y en la oscuridad. Las casas japonesas buscan continuamente el juego de sombras como una forma de “construir” y “decorar” ese hogar sin necesidad de usar elementos decorativos como en occidente, a base de objetos (cuadros, jarrones, retratos). Es la sombra la que crea sobre la pared lisa. Y así con la comida, con el maquillaje, con el cine y la literatura, con la espiritualidad. Pienso, mientras subrayo algunas frases del texto, que lo ideal sería encontrar ese equilibro entre la luz y la oscuridad, como en los claustros de los monasterios, donde los arcos y las columnas crean sombras en la atardecida con la penumbra suave de las Vísperas.
Marco Antonio Torres Mazón
