En ciertos momentos uno tiene la necesidad de volver a ciertas lecturas y a determinados autores; buscas la sensación de tenerlos cerca, de escuchar sus voces (pensamientos y sentimientos), repasar y releer sus libros, sus notas ya subrayadas en anteriores lecturas. Ralph Waldo Emerson, Hermann Hesse, José Jiménez Lozano, José Carlos LLop, C. S. Lewis, Simone Weil, Chesterton, Antonio Colinas. Llevo leyéndolos muchos años y ellos me conocen más que yo a ellos. Por eso en casa nueva lectura o relectura me dicen cosas distintas con las mismas palabras. Es uno de los misteriosos milagros de la literatura.
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“Toda verdad es un círculo perfecto”, anota Emerson en su diario en el otoño de 1834. Hay algo en sus diarios que me gusta mucho: son más una sucesión de pensamientos y reflexiones que de hechos narrados en el tiempo. Es un pensar lo que se nos regala en esos cuadernos. Un pensamiento que se va haciendo antes nuestros ojos, con el ritmo de nuestra lectura.
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Fue un 19 de septiembre de 1981 cuando Simon y Garfunkel dieron su mítico concierto en Central Park. Ese es el punto exacto en el que comienza mi otoño sentimental.
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Primeras alertas y primeras lluvias después de un verano seco. Bajan las temperaturas y las mañanas, temprano, la brisa refresca y nos hace comenzar el día en otro estado de ánimo.
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Con la elección de mi querida amiga A. como pregonera para las fiestas en honor a La Purísima, siento una gran y profunda alegría. Así se lo hago saber la misma mañana en la que se comunica la noticia. Me cuesta imaginar una mejor voz para narrarnos muchas de las cosas que tienen que seguir contándose sobre nuestras fiestas y sobre Ella, Nuestra Patrona.
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Un pequeño libro recoge las reflexiones y pensamientos que sobre la oración del Padrenuestro hizo Simone Weil. Lo leo estos días y no puedo más que estar asombrado, una vez más, con la forma de pensar de esta enorme escritora.
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Es hora de ponerse en marcha y retomar algunos viejos proyectos. El otoño es tiempo propicio para ello. Una taza de té, una cantata de Telemann y a caminar.
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Después de un día muy ajetreado, me siento a leer en una silla junto a la ventana. Quiero aprovechar los últimos rayos de luz de una tarde que languidece con dulce parsimonia: luz de un septiembre que ya está despidiéndose de todos nosotros pero que todavía nos regala momentos de fulgurante belleza. Hay en sus amaneceres y sus atardeceres un color anaranjado de tránsito, de puerta que se cierra y de puerta que se abre. Es un momento muy bonito del año. Pero nada dura para siempre. La luz apenas me deja leer. La noche nos visita con apresurada prontitud. Mañana será otro día.
Marco Antonio Torres Mazón
