El proceso de estas notas es el siguiente: ir escribiendo a lo largo de la semana mis pequeñas observaciones o pensamientos. Luego, normalmente el domingo, selecciono las que quiero publicar y las reviso, tocando un poco su forma y ordenándolas internamente de manera más o menos cronológica. Finalmente, enviarlas al semanario. Es, a todos los efectos, un diario o cuaderno de notas.
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Cuando paso por uno de esos edificios que permanecen cerrados desde hace muchos años y pienso que yo lo conocí abierto y plenamente activo, me entra una sensación de pesadez en los hombros, como de cansancio acumulado. Y mucha melancolía (más de la que de manera usual suelo gastar). Me pasó ayer, como quien dice, mientras bajaba al trabajo en una tarde gris y fría. Como siempre, pasé por el antiguo colegio de las Hermanas Carmelitas. Allí fui de pequeño y allí hice dos años de catequesis de Confirmación. Detengo mi marcha. Veo desde la acera de enfrente la cruz caída de lo que fue la capilla; las persianas entreabiertas de las ventanas del piso superior, donde residían los ancianos. Retengo la imagen, pero no sé si la imagen que estoy viendo o la que estoy recordando. Sigo mi camino.
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Vuelvo a ver un video del archivo de RTVE del año 1977 (el año que yo nací, curiosamente) en el que Fernando Sánchez Dragó entrevista a Julián Marías a propósito de su biblioteca personal. Dura poco más de media hora. Es el retrato de unos hombres de cultura que cada vez cuesta más (o cada vez me cuesta más a mí) ver. Y por eso muchas veces estamos como estamos. Y, sobre todo, estamos donde estamos.
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Es sábado por la tarde y estoy cansado. Decido, para distraer la mente un rato, ver la película que se llevó el Oscar en el año 2022. Tengo que parar su reproducción a los 50 minutos. No puedo creer que algo así pueda entusiasmar a alguien hasta el punto de considerar que es la mejor cinta de su año. Es verdad que el cine ha cambiado, pero ese no es el problema. El cine ha ido cambiando casi década a década. Pero una cosa es que el cine cambie y otra, muy distinta, que una película que ni siquiera tiene unos mínimos de calidad sea aclamada por una parte de la crítica. Afortunadamente hay otra parte de la crítica que todavía hace honor a su nombre y, al menos, sabe algo de cine.
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Releyendo Meditación española sobre la libertad religiosa (1966), de José Jiménez Lozano. Si le quitamos las notas y el anexo de textos (por otra parte, imprescindibles) el ensayo tiene algo menos de 100 páginas. Y, sin embargo, qué lucidez…qué claridad. Y tiene un final, evocador de la figura de san Juan de la Cruz, ciertamente hermoso. Sí, hay mucha miga en este pequeño ensayo, escrito a la sombra alargada del Concilio Vaticano II. Hay en él mucho de lo que fuimos y lo que somos; y mucho de lo que debimos ser y nunca fuimos.
Marco Antonio Torres Mazón

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