Notas de un diario. Largas tardes de verano

libros de Marco Antonio Torres Mazón, autor de la sección Palabras enmarcadas

“No hay nada que indique mejor que una inteligencia es atinada y recta que expresarse con claridad. Las expresiones solo son confusas cuando lo son las ideas”. Voltaire

Lo más complicado es ser sincero con uno mismo.

La lentitud de la caída de la tarde; como un ralentí anaranjado.

La mayoría de las veces lo mejor que podemos hacer cuando la noche se cierne sobre nosotros es rezar. Rezar y confiar.

Del Evangelio de la resurrección de Lázaro en Juan hay una cosa preciosa. La pregunta que Jesús le hace a María después de decirle y explicarle que Él es la Resurrección y la Vida: ¿Crees esto? Una pregunta que sigue resonando, como un eco esperanzador, a través del tiempo y de las generaciones.

Los incendios no suceden solo en el campo, a tenor de lo visto en nuestra frontera con Marruecos. Un problema migratorio, nos dicen. Ciertamente. Pero un problema con tantos trasfondos a los que nadie, o muy pocos, quieren poner verdadero nombre. En una sociedad donde todo es políticamente correcto y donde el lenguaje está tan corrompido como el poder, asistimos atónitos a la caída de todo lo que considerábamos (o nuestros padres consideraban) sagrado, eterno, innegociable.

Tener en Torrevieja uno de los grandes festivales de música se demuestra un acierto, viendo la gran afluencia de público y el impacto en redes (hoy en día algo fundamental). A pesar del bochorno y la humedad, una buena tarde y noche de música y amigos. 

Cuando era un “chicón” trabajaba todos los veranos. Durante 6 años trabajé limpiando las playas en la antigua cooperativa. Desde el 1 de julio hasta el 30 de septiembre. Me hacía un calendario y tachaba los días, como un preso que espera ver menguar su condena. Imagino que así es complicado que te gusten los veranos. No es justo, sin embargo, condenar toda una estación por una simple experiencia personal. ¿O sí?

 

Me temo que, a pesar de todo, no estamos siendo una generación mejor que la de nuestros padres. 

A raíz de la publicación en una red social en la que se habla de Vangelis, el músico griego, vuelvo a escuchar dos de sus discos que más me gustaban cuando era joven: L´Apocalypse des animaux (1973) y Opera Sauvage (1979). Es un acto peligroso eso de regresar a los lugares donde uno ha sido tan feliz, pero la experiencia merece la pena. El tiempo, tan falto de piedad con ciertos tipos de música, ha respetado sin embargo estas dos obras, que contienen piezas tan hipnóticas y atmosféricas como “Hymne” o como la delicadísima “Le petite fille de la mer”. Su escucha puebla de imágenes de antaño mi memoria. Recuerdos de la adolescencia, con sus largas tardes de verano leyendo, paseando y bañándome con mis amigos. También los primeros intentos de una escritura en la que tratar de explicar mis adentros, acaso como una forma de entenderme o de comprender el mundo. Abro los ojos y la música todavía está ahí, como los recuerdos y como las palabras que ahora escribo.

Marco Antonio Torres Mazón

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