El escritor Marco Antonio Torres Mazón publica una nueva entrega de sus Cuadernos de Primavera. En esta ocasión, el autor reflexiona sobre la despedida de la primavera, la memoria familiar y el recuerdo de la tía M., entre referencias literarias, experiencias personales y la cercanía del verano.
Cuaderno de primavera XII: El adiós de la primavera y de la tía M.
La lectura del libro de Los Hechos de los Apóstoles del domingo de Pentecostés. Desde niño me ha fascinado esa relación detallada de procedencia de las gentes: “Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Es como la relación de las naves aqueas en la Ilíada o como los capítulos donde se habla detalladamente de los diferentes cetáceos en Moby Dick. En el fondo es como una suerte de letanía, con ese ritmo sincopado de la estructura repetitiva. Como la vida misma, día tras día.
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Campo. Es la palabra que me viene a la cabeza si pienso en la tía M. El campo. Igual que su padre. La tía M. acaba de morir y nos deja a todos una huella muy honda; una huella que en realidad es surco en la tierra viva de nuestros recuerdos. Hay una foto de E., cuando era pequeña y nos íbamos a pasar la Pascua al campo. Todos nos quedábamos en la casa, jugando al chinchón o charlando un rato. Pero la tía M. no. Ella cogía sus aperos y se iba al huerto a quitar malas hierbas o a podar un árbol. Y la pequeña E. se iba con ella y hacía como que ayudaba. La foto es en el huerto. M. le ha dado un limón para que lo coloque en un cubo, pero E. lo lanza como si fuese una bola de béisbol. Tan es así que, en una de las instantáneas, el limón está justo en el aire, suspendido como por arte de magia, y E., con su gorra, parece una diminuta jugadora profesional.
Sí, vamos a echar mucho de menos a la tía M. Ella siempre cuidó de todos y lo seguirá haciendo, estoy seguro. Julián Marías decía que las trayectorias no se interrumpen con la muerte. Así es. Por eso estoy convencido de que la tía M. despertará a la verdadera vida y se pondrá a ordenar las cosas de la mesa o a cavar una zanja, profunda y tierna al mismo tiempo, como la herida que hoy supura su ausencia.
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Tu alma en el campo
Libre ya de ataduras:
Huerto de amores.
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Charla sobre la advocación de la Piedad y la Caridad en la iglesia del Sagrado Corazón de Elche. Como llego temprano y todavía falta un rato para que comience, doy un paseo por los alrededores y tropiezo (bueno, siendo sinceros diré que la localicé por internet) con una librería, donde paso unos minutos librándome del sol y de los 30 grados del exterior. Termino llevándome un ejemplar de bolsillo de La gravedad y la gracia, de Simone Weil.
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Este cuaderno apenas tiene espacio para alguna palabra más. Al igual que la primavera, está llegando a su fin sin tiempo para despedirse. El verano se ha presentado en lo que dura un parpadeo. Es hora de abrir las ventanas…y un nuevo cuaderno.
Marco Antonio Torres Mazón
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