Notas de invierno III: Un momento de tranquilidad

Charles Péguy escribe por acumulación. Frase tras frase, verso tras verso, poniendo sucesivas capas de palabras. A veces incluso retrocediendo de nuevo a la misma sentencia para tomar carrerilla y continuar avanzando. Se crea así un ritmo bíblico, como de salmo o de texto profético. Y en cada una de esas frases encuentras joyas que te deslumbran y te obligan a parar la lectura, coger el lápiz, subrayar y anotar. Volver a leer lo subrayado. Meditarlo. Interiorizarlo. Hacerlo tuyo. Como esos versos que anotas: “Porque el hijo tomó todos los pecados. Pero la madre tomó todos los dolores”. No sabría quedarme con uno solo de los tres misterios, pues los tres son una unidad y sin los tres no se puede entender la importancia de una obra que es, a la vez, literatura y pensamiento, filosofía y teología. Y Esperanza.

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            Tienes que ser muy fuerte para poder mostrarte muy débil.

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            Por fin algunos días de verdadero frio. Bueno…verdadero para esta zona. El frío le da auténtico sentido a una taza de café o de té bien caliente; a una manta que nos tapa las piernas y a una tarde de lectura.

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            La melancolía casi siempre viene por un mirar demasiado al pasado. Unas veces para idealizarlo. Otras para intentar olvidarlo. Con los años comprendemos que ninguna de las dos cosas es posible. Y continúa la melancolía.

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            Muere David Lynch, un director al que seguía con entusiasmo en mi adolescencia. Hoy lo admiro sobre todo por El hombre elefante, Terciopelo azul y Una historia verdadera. Me pongo esta última para rendir mi particular tributo al director norteamericano. La película es ya un clásico por derecho propio. Dicen que es la menos “Lynch” de todas las suyas, aunque eso lo dicen quienes admiran más la vena “extraña” de un director que dedicó su vida a contar precisamente eso, mundos extraños. Y extraño es que alguien, en el mundo en el que vivimos, realice un viaje de más de 500 kilómetros para pedir perdón. Porque eso es lo que cuenta la cinta: una historia de perdón.

            Y la muerte de David Lynch trae a la memoria la de otros muchos artistas y pensadores, escritores y músicos que forjaron mi forma de ver el mundo. Y la certeza de que, inevitablemente, nos vamos haciendo mayores.

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            Leyendo el diario de 1999 de Dionisia García, titulado de manera muy atinada Ecos. Su forma de escribir ilumina, ya sea en sus poemas, en sus ensayos o en este diario que ahora me acompaña. Cae la tarde fría y leo tranquilo en casa. Y esos momentos de tranquilidad también son necesarios. Parar. Descansar. Leer.

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            Fines de semana madrugando para llevar a E. al entrenamiento de remo. Ver su cara de sueño y frío, pero también su constancia y su determinación. Además, madrugar tiene el regalo de la amanecida, de esas primeras luces que nos anuncian un nuevo día. Un día por el que sólo podemos estar agradecidos.

            Marco Antonio Torres Mazón

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